EL HIERRO · LOS BIMBACHES
En la isla más pequeña y aislada del archipiélago vivieron los bimbaches, un pueblo pastor que durante más de mil años dependió del agua que un árbol sagrado, el Garoé, dejaba caer gota a gota sobre la roca.
Los últimos en llegar, los más aislados en quedarse
Los antepasados de los bimbaches colonizaron El Hierro entre los siglos II y IV d. C., probablemente procedentes de otra isla occidental del archipiélago, trayendo consigo ganado y semillas. A diferencia de otras islas, a El Hierro no llegaron nuevas oleadas de población tras este primer asentamiento: su cultura se desarrolló en un aislamiento casi total hasta la llegada de los europeos, once siglos después.
La isla sin fuentes
El Hierro apenas cuenta con manantiales, y sus primeros pobladores tuvieron que enfrentarse a ese reto desde el principio. Buena parte del agua se obtenía del rocío que un árbol —el Garoé— condensaba en sus hojas y dejaba caer sobre un estanque excavado en la roca a su pie, un recurso tan vital que se convirtió en el símbolo central de la identidad bimbache.
Ganado, chozas de piedra y una sociedad sin reyes territoriales
Vivían del pastoreo de cabras, ovejas y cerdos, complementado con una agricultura modesta de cebada, la recolección de frutos silvestres —como los del haya o el mocán— y el marisqueo. A falta de cuevas habitables, construían cabañas circulares de piedra seca cubiertas de helechos y ramas, donde convivían veinte o más vecinos. A diferencia del resto del archipiélago, en El Hierro no existía una división del territorio en cantones o reinos: la tierra se gestionaba en común, mediante asambleas y pactos, con un rey que actuaba sobre todo como mediador.
Eraoranhan, Moneiba y el espíritu con forma de cerdo
Los bimbaches adoraban a dos divinidades celestes, Eraoranhan y Moneiba, y creían en un tercer espíritu, Aranfaybo, que se aparecía con forma de cerdo y actuaba como intermediario entre ellos y lo divino. Le realizaban ofrendas en unas construcciones singulares llamadas aras de sacrificio, torretas de piedra donde se quemaban partes de animales, sobre todo en la región de El Julan, donde también dejaron un notable conjunto de grabados alfabéticos líbico-bereberes.
El Hierro conserva 114 paneles de grabados alfabéticos aborígenes catalogados: más que ninguna otra isla del archipiélago.
La incorporación más temprana a la Corona
En 1405, Jean de Béthencourt engañó al rey bimbache y a más de un centenar de sus súbditos para capturarlos, incorporando la isla al señorío de Canarias mucho antes que el resto del archipiélago. La cultura bimbache se fue diluyendo con la colonización, aunque el silbo herreño, el juego del palo o el salto del pastor recogieron ecos de aquella forma de vida durante generaciones.
Caminar hoy por El Hierro, entre sabinas retorcidas y senderos de pastoreo, es recorrer un paisaje que los bimbaches leyeron durante siglos buscando la única cosa que la isla nunca les dio con facilidad: agua.
