LA PALMA · LOS BENAHORITAS
Antes de llamarse La Palma, los antiguos isleños la llamaban Benahoare: «mi tierra». Así se referían los benahoaritas, un pueblo de pastores emparentado con los bereberes del norte de África que habitó la isla durante más de mil quinientos años, hasta la conquista castellana de 1493.
Un pueblo llegado del norte de África
Los primeros indicios de presencia humana en La Palma se remontan al siglo IV a. C., en la Cueva del Tendal. Como el resto de los aborígenes canarios, los benahoaritas compartían origen y lengua con los pueblos bereberes del Magreb, aunque los investigadores aún debaten si llegaron por su cuenta o fueron traídos por navegantes fenicios, cartagineses o romanos en busca de nuevos territorios. Una vez en la isla, desarrollaron su cultura de forma prácticamente aislada durante más de un milenio.
Pastores de cumbre y costa
La economía benahoarita giraba en torno al pastoreo trashumante de cabras, ovejas y cerdos, que en invierno permanecían en las zonas bajas y en verano ascendían hacia las cumbres. La agricultura de cereal, documentada en los primeros siglos, terminó abandonándose, y el gofio se elaboraba entonces con semillas de amagante y raíces de helecho. La recolección, la pesca y el marisqueo completaban la dieta, junto a un curioso «maná»: una sustancia dulce que aparecía en las cumbres y que los cronistas describieron como un don caído del cielo.
Doce cantones y un roque que sostiene el mundo
En vísperas de la conquista, La Palma estaba repartida en doce cantones —Aridane, Tigalate, Tedote, Aceró y otros— gobernados por linajes principales, sin la marcada división entre nobles y villanos que existía en Tenerife o Gran Canaria. Las crónicas recogen incluso que, en tiempos de guerra, eran las mujeres quienes asumían la jefatura de la comunidad.
En el centro de su mundo espiritual se alzaba el Roque de Idafe, en el corazón de la Caldera de Taburiente, considerado el eje que sostenía el universo. Junto a él se celebraba un ritual en el que dos personas se preguntaban y respondían para asegurar que el roque no cayera jamás.
«Y iguida y iguan Idafe» — «dice que caerá Idafe». «Que guerte yguan taro» — «dale lo que traes y no caerá». Diálogo ritual junto al Roque de Idafe, recogido por los cronistas de la conquista.
Tanausú y la resistencia de Aceró
El 29 de septiembre de 1492, Alonso Fernández de Lugo desembarcó en Tazacorte al frente de novecientos hombres. Cuatro de los doce cantones aceptaron la paz casi de inmediato, pero el cantón de Aceró, refugiado en el interior de la Caldera de Taburiente bajo el mando de Tanausú, resistió varios meses. Su captura, el 3 de mayo de 1493, puso fin a la conquista de la isla.
Lo que queda de los benahoaritas
La lengua benahoarita se extinguió, pero su huella sigue viva en topónimos como Taburiente, Garafía o Aridane, y en palabras que pasaron al habla insular, como amagante o tagasaste. Tradiciones pastoriles como el salto del pastor o el baile del sirinoque conservan, siglos después, el pulso de aquella cultura trashumante.
Hoy, quien sube hacia la Caldera de Taburiente por el GR 131 recorre, sin saberlo, las mismas rutas de trashumancia que durante generaciones subieron y bajaron los pastores benahoaritas entre la costa y la cumbre.
